Urraúl Alto
Un territorio que se descubre en el silencio de sus robledales y en la solidez de una arquitectura pirenaica que es ajena a la urgencia y centrada en el ritmo de los elementos.
Un territorio que se descubre en el silencio de sus robledales y en la solidez de una arquitectura pirenaica que es ajena a la urgencia y centrada en el ritmo de los elementos.
Aquí, el curso del río Areta esculpe una fisonomía de desfiladeros calizos y masas forestales donde el sillar de nuestras aldeas se integra en la montaña. La sillería de los puentes medievales y la sencillez de los templos románicos registran una herencia ligada al pastoreo y al aprovechamiento del bosque, permitiendo que la atmósfera del valle se manifieste a través de su propia materia. Es un territorio que se descubre en el silencio de sus robledales y en la solidez de una arquitectura pirenaica que es ajena a la urgencia y centrada en el ritmo de los elementos.
Nuestro municipio se asienta sobre casi 140 km² de relieve quebrado, situándose a una altitud de 530 metros y a 45 km de Pamplona. Aquí, la vida se distribuye en cuatro concejos (Ayechu, Imirizaldu, Irurozqui y Ongoz) y diversos lugares habitados como Adoáin, Elcóaz, Epároz o Santa Fe. La identidad del valle se reconoce en la persistencia de sus usos tradicionales y en la memoria administrativa que reside en la calle San Adrián de Irurozqui, el centro neurálgico que custodia la crónica de un territorio de frontera y transición hacia la alta montaña.
El valle es un paraíso para el explorador que busca joyas escondidas y paisajes de vértigo.
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